Descripción
El don de la fidelidad.
La alegría de la perseverancia
«Permaneced en mi amor»
(Jn 15,9)
INTRODUCCIÓN
Nuestro tiempo es un tiempo de prueba: «es más difícil
vivir como una persona consagrada en el mundo actual» La
dificultad para vivir la fidelidad y la disminución de las fuerzas
en la perseverancia son experiencias que, ya desde sus orígenes,
pertenecen a la historia de la vida consagrada. La fidelidad, a
pesar del oscurecimiento de esta virtud en nuestro tiempo, está
inscrita en la identidad profunda de la vocación de los
consagrados: está en juego el sentido de nuestra vida ante Dios
y la Iglesia.
La coherencia de la fidelidad permite apropiarse y
volver a conquistar la verdad del propio ser, es decir permanecer
(cf. Jn 15,9) en el amor de Dios.
Somos conscientes de que la cultura actual de lo provisorio,
una cultura capaz de generar una fidelidad frágil, no cesa de
influir en las opciones de vida y en la vocación misma a la vida
consagrada; y «cuando el “para siempre” es débil -afirma el
papa Francisco- cualquier razón vale para dejar el camino
comenzado»
La coherencia y la fidelidad a la causa de Cristo
no son virtudes improvisadas, sino que requieren ser
profundamente conscientes de las implicaciones humanas,
espirituales, psicológicas y morales de una vocación a la vida
consagrada. Su causa trasciende, interpela e invita a decidirse y
dedicarse al y por el servicio del reino de Dios. En este servicio,
las convicciones personales y los compromisos comunitarios
son un don que se experimenta en la gracia de la conversión;
dicha gracia sostiene una fidelidad auténtica que toma distancia
de una fidelidad estéril, muchas veces vivida para afirmarse a sí
FRANCISCO, La fuerza de la vocación.
Una conversación con Fernando Prado, Publicaciones
Claretianas, Madrid 2018
Fidelidad y perseverancia fueron el centro de las palabras
del papa Francisco en su discurso del 28 de enero de 2017 a la
Plenaria de la Congregación para los Institutos de Vida
Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica: «Podemos
decir que en este momento, la fidelidad afronta un tiempo de
prueba […]. Estamos ante una “hemorragia” que debilita la vida
consagrada y la vida misma de la Iglesia. Los abandonos dentro
de la vida consagrada nos preocupan. Es verdad que algunos
abandonan por un acto de coherencia, porque reconocen,
después de un discernimiento serio, que no han tenido nunca
vocación; pero otros, con el pasar del tiempo, dejan de ser fieles,
muchas veces tan sólo pocos años después de la profesión
perpetua. ¿Qué ha ocurrido?»
La cuestión planteada por el papa Francisco no puede no ser
tenida en cuenta. Ante el hecho de los abandonos del estado de
vida consagrada y clerical -denominador común de situaciones
variadas-, la Iglesia, desde hace tiempo, se interroga acerca de
la actitud que debe asumir.
La vida consagrada misma ha sido
invitada en diversas ocasiones a reconocer, discernir y
acompañar situaciones de malestar o de crisis, y a no reducir el
hecho sólo a un alarmante cuadro estadístico sin cuestionarse,
al mismo tiempo, sobre el sentido y las implicaciones de la
fidelidad y perseverancia de una vocación en la sequela Christr.
camino de conversión y purificación que ayude a redescubrir el
fundamento y la identidad de la propia llamada, sin dejarse
llevar por el pesimismo o por la frustración estresante de quien
se siente impotente y se prepara para lo peor.
La complejidad y delicadeza de las cuestiones no parecen
encontrar, en muchos casos, soluciones adecuadas. Es decisivo
adoptar una actitud de escucha y de discernimiento,
implorando con confianza la luz del Espíritu Santo para que nos
ayude a leer la realidad con seriedad y serenidad. Se trata de
situaciones que, consideradas en su conjunto, inciden
negativamente en la autocomprensión de la identidad misma de
los consagrados y las consagradas; crean sospechas sobre la
credibilidad evangélica de los institutos; debilitan, de alguna
forma, la confianza del pueblo de Dios respecto al mundo de los
consagrados.
La Congregación para los Institutos de Vida Consagrada
y las Sociedades de Vida Apostólica no puede dejar de
interrogarse acerca de las problemáticas inherentes a la
fidelidad y a la perseverancia en el estado de vida consagrada. A
partir de lo que se observa con más frecuencia en la vida de los
institutos y de las sociedades ha decidido elaborar y proponer
algunas indicaciones o líneas de acción preventivas y de
acompañamiento. En este sentido, el presente documento
quiere ofrecer orientaciones que, según la normativa
establecida por el Código y la praxis del dicasterio, resulten
útiles a todas las personas consagradas y, especialmente, a
todos aquellos que desempeñan funciones de responsabilidad,
tanto en el gobierno como en la formación.
El texto consta de tres partes:
— La mirada y la escucha. Observa y detecta las situaciones
que puedan causar malestar, dificultad y crisis en la vida
personal y comunitaria de los consagrados y las consagradas,
sin suscitar alarmismos o, al contrario, aprobar peligrosas
subestimaciones. Los superiores, hermanos y hermanas, al
hacerse cargo de una problemática se disponen a afrontarla. Así,
quien tiene la honestidad y la humildad de admitir sus
problemas permite ser ayudado y acompañado. Los problemas
tienen rostros, historias y biografías. Se trata de identificar a un
hermano o una hermana que atraviesa una situación difícil y, al
mismo tiempo, aceptar las propias dificultades. «Cuando
escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios
que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia –
exhorta el papa Francisco- podemos seguir creciendo y
entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde
experimentamos las dificultades más fuertes»
— Reavivar el conocimiento de sí mismo. El binomio
fidelidad-perseverancia ha caracterizado el magisterio sobre la
vida consagrada. Los dos términos se perciben como aspectos
inseparables de una única actitud espiritual. La perseverancia
es una cualidad indispensable de la fidelidad. En dicho
dinamismo se comprende la importancia de la formación
permanente que impulsa tanto a la persona consagrada como al
instituto a «verificar continuamente la propia fidelidad al
Señor, la docilidad a su Espíritu […] la constancia en la entrega,
la humildad para sobrellevar los contratiempos»
En efecto, la vocación a la vida consagrada es un camino de transformación
que renueva el corazón y la mente de la persona a fin de que
pueda discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo
que le agrada, lo perfecto (Rm 12,2). «Hoy día —afirma el papa
Francisco— el hábito del discernimiento se ha vuelto
particularmente necesario» para no quedarse «sólo en las
buenas intenciones»
Los consagrados, hombres y mujeres de
discernimiento, llegan a ser capaces de interpretar la realidad
de la vida humana a la luz del Espíritu y así escoger, decidir y
actuar conforme a la voluntad divina
La formación comporta
un constante ejercicio del don del discernimiento, «que le da la
madurez necesaria a una persona consagrada. Esto es
fundamental hoy en la vida consagrada: la adultez»
— La separación del instituto. Normativa y praxis del
dicasterio: «En la vida consagrada no se puede caminar solo.
Necesitamos quien nos acompañe», no sólo para identificar y
corregir actitudes, estilos de vida, faltas e infidelidades, que son
un evidente antitestimonio para el estado de vida consagrada,
sino también para recuperar el sentido y el respeto de la
disciplina, dado que custodia el orden de nuestra vida y expresa
atención y preocupación por el hermano y la hermana. La
disciplina no forma al discípulo de Cristo en un simple
conformismo, sino en la coherencia con la propia forma de vida
en la sequela Christi, educa en la necesaria toma de distancia de
mentalidades e ideologías mundanas que comprometen la
credibilidad de nuestro estilo de vida; activa el sentido de la
vigilancia, actitud interior de disponibilidad y lucidez ante
situaciones desfavorables o arriesgadas. Por último, es un
ejercicio de misericordia, porque somos deudores de
misericordia los unos de los otros.
En la perspectiva del discernimiento-acompañamiento, se
ofrece a los superiores y responsables de todos los niveles un
marco de referencia normativo y de la praxis del dicasterio para
evaluar correctamente las situaciones de relevancia
disciplinaria, con total respeto de los procedimientos previstos
por el ordenamiento canónico.
Un camino de fidelidad en la perseverancia exige saber
mirar con realismo y objetividad la propia experiencia de
persona consagrada, sin cerrar los ojos ante la aparición de
problemas o de una situación crítica, que pueden ser señal de
una fidelidad inestable o consecuencia de la infidelidad. Una
persona consagrada, en un camino de fidelidad auténtica, lee y
discierne la propia historia y se interroga ante todo sobre la
«fidelidad del amor»13; aprende a escuchar la propia conciencia
y a tener una conciencia formada, dotada de juicio recto14;
disciplina la propia vida para no privar de sentido el cuidado de
la interioridad; acoge el don de la gracia divina, promesa y
prenda de nuestro permanecer en su amor (cf. Jn 15,9).







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